Érase una vez un bosque en el que habitaban todo tipo de animales. Cierto día se declaró un fuego terrible que amenazaba por arrasarlo todo. Los habitantes del bosque huyeron entonces presas del pánico, tenían que escapar de la muerte segura que significaban las llamas. Atravesando el bosque había un ancho y caudaloso río. Los animales sabían que la salvación se encontraba al otro lado de aquel flujo de agua, de modo que las aves volaron para atravesarlo y el resto de animales se lazaron al río y nadaron en dirección a la otra orilla. Pero hete aquí que entre los habitantes de aquel bosque se encontraba un escorpión que no sabía nadar. Una vez llegado a la orilla del río su situación era desesperda. A un lado las lenguas de fuego se apresuraban raudas, al otro el agua esperaba tragarle irrmediablemente.
La suerte quiso que el escorpión no fuera el último en alcanzar la rivera del río. De entre la maleza apareció saltando una rana a toda velocidad que, al ver al escorpión, quedó paralizada, pues sabía que su veneno era mortal de necesidad y desde pequeña había sido enseñada a mantenerse alejada de estos animales. El escorpión entonces vio una posibilidad de salir con vida de esa. Habló:
- Rana, rana; por favor, crúzame el río a tu espalda. Yo no sé nadar y si me quedo en este lado las llamas me abrasarán.
-Pero...- contestó incrédula la rana-. ¡Qué petición más inusual! ¿Cómo podría fiarme de ti? Eres un escorpión....¿ Y si me picas cuando nos hallemos a mitad del río?
- ¿Cómo iba a hacer eso?- respondió el escorpión suplicante-. ¿No entiendes que eso significaría mi muerte también? Por favor, crúzame y prometo que no te picaré.
La rana pensó durante unos segundos y, apremiada como estaba por la proximidad del fuego, accedió a cumplir con la petición.
La rana montó al escorpión en su espalda y saltó al agua. Nadó y nadó alejándose del fuego, pero justo cuando ya se creía salvado, al alcanzar la mitad del recorrido, sintió una bestial punzada de dolor en su lomo. ¡El escorpión le había picado!. La rana entonces se giró y, mirando al escorpión con incedulidad solo tuvo fuerzas para decir:
-¿Por qué?
El escorpión con lágrimas en los ojos, contestó a la vez que se hundía junto a la otra:
- Lo siento, soy un escorpión.
Siempre que leo está historia me entristezco, pero creo que nosotros somos el escorpión. Claro que no queremos acabar con otras especies de la Tierra, peor no podemos evitar hacerlo, aunque eso signifique que vayamos a terminar hundiéndonos en mitad del río.